lunes, 5 de abril de 2021

La llegada de la primavera

 

5/4/21

La llegada de la primavera


Allá afuera arreciaba la tormenta. Había un huracán de magnitud aceleradamente creciente, un dragón mitológico que amenazaba con incendiar al mundo y escupir chorros  de lava y miedo.

Los pajarillos inocentes volaban desesperados hacia el bosque, el venado y la liebre huían a cuanto les permitían las patas y hasta las fieras buscaban guaridas, donde protegerse. 

A los hombres,  no les quedaban más escondrijos que las drogas, el elixir misterioso de la tele-basura, los anuncios que entumecen la parte frontal del entrecejo, las emociones fuertes, como escalar el Everest y las conexiones ilimitadas para ver mundos paralelos, donde se arrancaba de cuajo la ternura de las flores y a las ramas de los rosales se les injertaba una palabra en otro idioma, con el pulgar hacia arriba, como una limosna a un indigente. 

El gran olvido había tomado las ciudades y plantado sus banderas en las crestas más altas del entendimiento. Y no habían autopistas grandes para entrar a un reino donde no hubiera alzheimer, ni demencia adolescente, sino que los senderos eran estrechos y escurridizos, la puerta angosta y la confianza escasa. 

Sin máscaras, el único que se atrevía a andar por las calles era el miedo, dueño y señor de la inocencia, intentando esclavizar lo divino con su ridícula telaraña de sufrimiento. 

Y llorando por la carga que le han puesto, a punto de tumbarse al suelo como la llama del Perú, cuando percibe que el indio no la considera, iba la libertad con la responsabilidad a cuestas, en vez de ir tomadas de la mano, ungiendo a los humanos del derecho primigenio, el libre albedrío que Dios nos ha dado. 

Unas rupias de aliento quedaban en la bolsa, unos leños secos para avivar el fuego en esas noches solitarias, mirando hacia las estrellas, a ver si desde Orión llegaban naves espaciales con cadenas poderosas para atar al ego y amordazar su parloteo interminable de milenios. 

Hasta que una mañana, a alguien se le ocurrió salir al campo, justo al comienzo de la primavera. Los olores a tierra mojada penetraron esos laberintos de la consciencia, los sonidos del viento enredado en las copas de los almendros, la silueta de las montañas a lo lejos y el gon de una campana comenzó a expandirse por la tierra.

Ante el gozo de vivir salieron en estampida las alimañas, la tranquilidad y el sosiego fueron conquistando plaza por plaza, corazón por corazón y en los potreros empezó a reverdecer la esperanza. 

Se sumó al concierto de las flores una miaja de bondad y un grano de compasión, mientras un rayo de luz hizo la magia de los espejos. Entonces los hombres empezaron a ver en los ojos de sus congéneres, la tenue silueta de su verdadero rostro, comenzaron a tomar forma la ternura que recubre las células de nuestro cuerpo, desempolvaron la hospitalidad y la paciencia. 

Y los ejércitos empezaron a disgregarse solos, ante la falta de adversarios, al perdón lo nombraron embajador en cada vez más rincones de la tierra. 

Y entonces poco a poco, cargada de amor,  fue llegando la primavera.

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Autor: José Miguel Vale (josemiguelvale@gmail.com)

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El júbilo (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 14)

 



“No seamos unos egoístas guiñapos que no hacemos más que quejarnos
porque el mundo no nos hace felices”.  Bernard Shaw.

 

De cómo no ser un egoísta guiñapo

El júbilo es la consecuencia de la transformación del alma en Dios, de la evanescencia progresiva de la naturaleza humana centrada en la búsqueda de la satisfacción personal a costa del abandono de los demás, para comprender que el objetivo de la vida es la armonía de todos los seres en torno a su Creador.

Esa transformación supone la renuncia de uno mismo a sus apetencias y deseos, igual que en la relación de pareja, su crecimiento requiere la renuncia de sí mismo y la donación al otro. Si el amor parece que entra por la atracción sexual y parece crecer con la relación de amistad, cuando realmente madura y se hace adulto es cuando surge el agapé o donación total al otro.

Mientras que ese vector de entrega y donación no aparece en el horizonte de la relación, por mucho embalamiento emocional que experimente la pareja (o el alma e incluso la mente), no se ha salido del ámbito egoico de la satisfacción personal. Y esta necesidad de satisfacción personal exige que “los planes salgan bien”, que tanto lo que nosotros hacemos, como las circunstancias que nos rodean, resulten de nuestro agrado y, si no, pues “me enfado y no respiro”, es decir, fruncimos el ceño y no hacemos más que quejarnos porque el mundo no nos hace felices.

Si extendemos esta actitud estúpida a nuestra relación con Dios, pues nos comportamos igual que la pareja que descubre que su príncipe azul no es tan azul y ronca por las noches. Porque exigimos a Jesús que cumpla con su amor misericordioso y me ayude a que “mis planes salgan bien”. Y si mis planes y los del mundo no salen bien, nos preguntamos “¿por qué Dios permite el mal en el mundo?” y todas esas chorradas.

Revertir toda esta situación requiere la transformación de lo que es el motor del comportamiento humano, basado en las tres potencias, el entendimiento, la memoria y la capacidad de decisión o voluntad. Es la transformación del entendimiento en la virtud de la fe, de la memoria en la esperanza y de la voluntad en amor.

En vez de ver y comprender para creer, mente y alma han de confiar en Aquel del que el alma está “supuestamente enamorada” y fiarse de que su voluntad (la de Jesús) guía los pasos de la vida. Esta transformación se basa en el ejercicio de la confianza. Creer para ver.

En vez de recordar y llevar cuentas, el alma y la mente han de saber escuchar la voz de Dios en el silencio. Esta transformación se basa en el ejercicio de la escucha.

Y, por último, la voluntad ha de dejar de dar cumplimiento a mis deseos, para ser centrada en la satisfacción de las necesidades del otro. Esa entrega sin condiciones a lo que el otro necesita es lo que se conoce por “Amor incondicional “, agapé.

En la relación de pareja, el otro es el otro, el amado o la amada, que se denomina así porque es a quien hemos decidido entregarnos en cuerpo y alma. De modo que yo me entrego a su cuidado y el otro se entrega al mío. De esa entrega mutua se vive el amor de pareja. Es una mutua decisión de “te entrego, te doy mi vida entera”.

En la relación del alma con el Amado, ella se entrega en primera instancia a un ser espiritual que siente dentro de sí, y no sabe muy bien cómo corresponderle. Le han enseñado que expresar el amor a Dios consiste en la práctica religiosa y, en la mayoría de las ocasiones el alma y la mente se enredan en multitud de ritos y liturgias, a ver si así consiguen expresar su amor a Dios. De modo que “tanto más amo a Dios cuanto más rezo y participo de los actos religiosos”. Es una evidente relación directamente proporcional a la actividad religiosa. Aún el alma no ha caído en la cuenta de que la cosa no va de atiborrarse a rezos y liturgias, sino de escuchar en el interior el silencio de Jesús que se manifiesta en la relación con los hermanos.

23Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, 24 deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. (Mt. 5, 23-24)

Es decir, de nada sirve la participación y cumplimiento litúrgico, si tu hermano tiene quejas contra ti. En otras palabras, o tu vida interior se evidencia en tu relación con los demás, o estás viviendo una farsa. Así que nada consigue el alma (y la mente) hasta que no toma consciencia de que ese Jesús del que está supuestamente enamorada, la está mirando a los ojos en todos aquellos que tiene a su lado, que cada ser humano es Jesús de carne y hueso y que lo que necesitan aquellos que conviven con él, es lo que necesita Jesús.

El sufrimiento es opcional

Un guiñapo, la Real Academia lo define como una “persona moralmente abatida, o muy débil y enfermiza”. Es decir, una persona desilusionada, que viene de “des – ilusa”. Y una ilusa es alguien “propensa a ilusionarse con demasiada facilidad o sin tener en cuenta la realidad”. El alma y la mente, que en esto van a ir juntas, como no puede ser de otra manera, caen en des-ilusión cuando “yo pensaba que… y resulta que…”; cuando yo pensaba que amar a Jesús consistía en inflarme a rezos y liturgias para que Él satisfaga mis planes y resulta que no me hace ni puñetero caso y encima las cosas me salen mal. Me ha quitado la ilusión y se ha ido de mi lado “

¿A dónde te escondiste, Amado

y me dejaste con gemido?

Y el alma se cubre de sentimientos negativos, de tristeza, de miedos y hasta de enfado. Ha desaparecido la alegría, el contento. Y hasta se siente engañada porque Dios la ha camelado con consolaciones que al final y a la primera de cambio, alguna petición egoica, no ha salido bien.

Descubrir que el amor de Dios y a Dios no consiste en rezar oraciones suplicantes para que “mis planes salgan bien”, ciertamente es duro, porque duro, durísimo, es salir del inmenso error en el que nuestra naturaleza humana o la inercia impresa por el pecado original (o nuestra primitiva naturaleza humana reptiliana del cerebro primitivo) nos ha introducido y hecho creer. Ante los acontecimientos personales y del entorno que nos afecta, los humanos, para superar esa des-ilusión, tenemos obligadamente que pasar del rechazo a la adversidad, a la tolerancia para finalmente abrazar la aceptación de los hechos como vienen, en la medida en que no esté en nosotros solucionar las situaciones adversas.

Rechazo, tolerancia y aceptación; éste   es el camino que va desde “querer a Dios” a “amar a Dios”. Querer expresa deseo de tener, de poseer, que en la pareja se expresa en los componentes “eros” y “philias” del amor. Al poseer y disfrutar, la pareja goza y disfruta el uno del otro, pero no se aman (aunque eso parezca), ni de lejos, porque la desilusión aparece con la rutina y al comprobar que el otro no es como yo le idealizaba, como alguien que satisface todos mis deseos, me des-ilusiona “yo pensaba que…, y resulta que…”

Y la desilusión produce en primera instancia un fuerte rechazo, y eso produce dolor y lamento, decepción y sí, somos unos guiñapos egoístas, probablemente, como en la llegada a Zubiri (primera etapa del Camino). Pensamos que esto no es lo que yo pensaba.

Para superar esta adversidad de “yo pensaba que Jesús satisfaría mis planes y resulta que no es así”, lo que me suceda he de tolerarlo, aunque sea a regañadientes. Es eso de aguantar el dolor y los sentimientos negativos que me genera ver que Jesús no responde a mis súplicas y que ante el peligro o la adversidad “huye como el ciervo, dejándome herido”.

Además, esto casa con lo que me han enseñado en catequesis, que esta vida es un valle de lágrimas y que hemos de sufrir para alcanzar la Gloria. Así que a sufrir toca. Si no sufro, no purgo mis pecados y todas esas cosas. Así que cuanto más sufra, mejor.

Y dice Buda: “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”. Que a veces, los filósofos orientales nos demuestran su gran sabiduría milenaria. Porque es verdad, nadie te puede recriminar el dolor por una adversidad o una pérdida, pero una vez superado el duelo, seguir regodeándote en el sufrimiento es de idiotas, (idiota: “el que sólo se preocupa de lo propio” (“idio”), que sólo ve su ombligo dañado. Así es que tolerar el dolor y regodearse en él, es decir, tolerarlo, con ser el primer paso, ni es suficiente ni conduce a ninguna parte, porque no es del agrado de Dios, de Jesús verte sufrir, como no es del agrado del otro ver sufrir a su amada. Vivir así, centrado en el sufrimiento es una soberana gilipollez (que a veces un taco refuerza el argumento).

Así que no queda otra, si quiere el alma salir del fango de la desilusión, aceptar los hechos, que no significa resignarse y exclamar “¡qué se le va a hacer!”. Eso es mezquino e inútil. Eso es rendirse a la adversidad; eso es reconocer el completo fracaso de mi vida.

Aceptar la adversidad es algo sublime, porque es el comienzo de todo un proceso encaminado a comprender que la relación profunda del alma con Jesús y la transformación de la amada en el Amado se basa en la transformación de mis deseos en los suyos, de mis planes en los suyos, de mi vida en su vida, en suma, la transformación de “yo” en “Él” y comprender que amar a Dios, amar a Jesús es que “ya no vivo yo, sino que es Jesús el que vive en mí” (que diría San Pablo en Gálatas 2,20), que vacío mi templo de mis deseos y de mis planes, para que Él reine sin obstáculo alguno por mi parte.

Y en esa aceptación, entra de lleno mi prójimo, el que tengo a mi lado y me necesita y comprender que lo que Jesús me pide se está expresando en lo que mi prójimo necesita de mí, porque él, las personas que cada día se cruzan en mi camino, son la encarnación constante de Jesús en mi vida. Amar a Jesús, no es, por tanto, amar a un espíritu en mis adentros, sino en el hermano, el que tiene quejas contra mi y Jesús me pide que deje mi ofrenda y vaya a atenderle. Eso es donación, agapé, amar como decisión de la voluntad.

Es por tanto ese descubrir a Jesús en la persona que tienes a tu lado, lo que te transforma en el mismo Jesús encarnado también. 

Y así el alma llega al júbilo, que no es un sentimiento exultante, sino el gozo sereno y sosegado, la profunda paz interior que experimenta el alma (y la mente) al sentir la vivencia del Amor. Es el resultado de comprender que amar es la decisión de entregar la vida entera a Jesús, el hijo de María, la aldeana de Nazareth que, mira por donde, le veo transfigurado, no tanto en el altar, que por supuesto también, sino en aquel que tengo a mi lado y acaso tenga quejas contra mí.

En el fondo el júbilo es aquello que nos decían nuestras abuelas: “Si pones todo en manos de Dios, verás la mano de Dios en todo”

Resurrección

Una cosa que, creo, más les raya a los escépticos de los cristianos, es nuestra fe en la resurrección de Cristo. Físicamente es imposible, con lo cual, la mente lo descarta sin contemplaciones, con lo que el cristianismo como religión resulta ser un cuento chino. Y es que estamos tan habituados y convencidos en que los milagros son imposibles, que poco a poco, la “decepción”, esa actitud de derrota se adueña de nosotros y de nuestra vida y nos convence de que sólo podemos fiarnos de nuestras capacidades para superar la adversidad. Esto es lo mismo que vernos obligados a comernos el polvo del desierto de la vida, un desierto, una meseta castellana que termina por hacer que maldigamos en qué hora vinimos a este mundo; en qué hora se nos ocurrió comenzar el Camino.

Y cuando todo parece ya perdido, cuando la aridez de la llanura mesetaria parece no tener fin, el caminante se encuentra, durante la tediosa etapa entre Hospital de Órbigo y Astorga, a la altura de San Justo de la Vega, con la Cruz de Santo Toribio, un cruceiro con el que el caminante se encuentra un poco antes de llegar a Astorga. Aparte de las tradiciones lebaniegas al respecto, este cruceiro tiene la curiosa cualidad de mostrar al cansado peregrino, allá, en lontananza, nada menos que ¡la montaña! Yo, al menos, cuando vi este panorama, harto y hasta las narices de etapas absolutamente mesetarias, dije para mis adentros, ¡Por fin! Porque a partir de Astorga comienza la montaña y, ya nada será igual, dejas atrás la travesía del desierto de la vida y comienzan unas etapas más difíciles desde el punto de vista físico y de esfuerzo personal, pero espiritualmente mucho más reconfortantes. Pasado Astorga, tienes que caminar por la Maragatería y subir al empinado puerto de Foncebadón, donde te encuentras con otra cruz, la Cruz de Ferro, donde la tradición dice que los peregrinos, que han llevado en su macuto una piedra que representa sus pecados y sus inútiles apegos tiran esa piedra (de peso proporcional a los mismos), a esa pequeña cruz de hierro, rodeada de un caramullo de piedras apiladas que representa cómo el alma es capaz de desprenderse de la carga inútil que le ha acompañado toda su vida.

Y así, ligera de equipaje, el alma puede enfrentarse a Galicia, a la tercera parte del Camino, plagado de montes y umbrías, de paisajes nebulosos, nada fáciles, pero, una vez superado O Cebreiro, echando la vista atrás la inmensidad del paisaje leonés que representa tu pasada vida de lucha contra ti mismo y viendo el paisaje gallego con inmensos valles cubiertos de nubes bajo tus pies, sientes la sensación de transformación total de tu vida (de peregrino). Y mira por donde, María se encuentra de nuevo con su apuesto peregrino que de nuevo se une a ellas para iniciar el descomunal descenso a Triacastela, donde las zapatillas y los pies “echarán el resto”, antes de rendirse y amenazarte con “sigue tú que nosotros, los pies, nos quedamos”.

Amar es una decisión

La larga travesía castellana es esa noche oscura de los sentidos, de la mente, de nuestra Marta, que ha de saber comprender, ser consciente de que la felicidad no depende de que “mis planes salgan bien”, de que nuestros deseos, nuestra forma de ver la vida, sea la que el mundo tiene que aceptar y, si no es así, “me enfado y no respiro”.  Que amar es algo mucho más sublime que el embalamiento emocional del ya lejano enamoramiento y que si no es así, me decepciono, me desilusiono y creo que el amor se fue cuando se fueron los deliciosos juegos amorosos de chico y chica enamorados.

Es duro, a veces durísimo, tener que reconocer que amar es saber superar esos sentimientos negativos que te surgen cuando la vida te enseña los dientes o, simplemente, el maromo no responde a tus deseos e ilusiones. En las etapas castellanas mucha gente se desanima y regresa a casa, a su primitiva casa, a su “zona de confort”. Otros hacen trampa y creen que el Camino puede comenzar en Sarria, ahorrándose la aridez castellana y, en cuatro agradables días inflándote a “pulpo da feira”, llegas a Santiago y ¡ya está!

El júbilo es la recompensa de haber sabido amar contra todo pronóstico; cuando la mente comprende todo esto, cuando llega a alcanzar la consciencia de que la vida consiste en aprender a amar como acto de la voluntad.

Poca gente cae en la cuenta de que la clave del Camino de Santiago, al menos para mí, así fue, es saber comprender, ser consciente del significado profundo que el Camino oculta entre esas dos cruces, la Cruz de Santo Toribio y la Cruz de Ferro. Es en esos 35 kilómetros, donde física y espiritualmente, Mente y Alma, Marta y María, han de tomar consciencia sobre de qué va la Vida y el Camino que decidieron iniciar. Antes de Santo Toribio, la cosa ha sido “un puto coñazo” (perdón por el lenguaje) de eternas etapas planimétricas; después de la Cruz de Ferro, ambas, mente y alma, Marta y María, comienzan a tomar consciencia de que acaso pasarse toda la vida discutiendo, queriendo la una prevalecer sobre la otra, ha sido una infantil estupidez. Y los 35 kilómetros entre ambas cruces, acaso supongan esa iluminación que te hace comprender, como advertía el cura de Nájera, ¿por qué has llegado hasta aquí? Porque para llegar hasta Sto. Toribio, has tenido que madurar mucho, que sufrir mucho, que curarte muchas ampollas y calmarte muchos dolores de piernas y de hombros. En suma, has tenido que aprender que amar NO ES un sentimiento, sino la decisión que ha conseguido hacerte levantar cada mañana y enfrentarte a una nueva etapa mesetaria, sólo recompensada al contemplar los impresionantes monumentos románicos y góticos del Camino y, la compañía de otros peregrinos que, como tú, también estaban cometiendo la insensatez de hacer lo mismo que tú.

El pequeño tramo entre Sto. Toribio y Foncebadón es crítico, porque antes de él recorres tu Camino personal como un “egoísta guiñapo que no hace otra cosa que quejarse porque el mundo no te hace feliz”, superada y más que superada la etapa del idílico enamoramiento. En ese tramo entre las dos cruces, empiezas a caer en la cuenta de lo mucho que has crecido, de cómo, aún estando cabreado, cada día has madrugado y comenzado a andar antes de salir el sol hasta llegar a la siguiente etapa y, una tras otra, hasta Santo Toribio y, de repente, ¡por fin, la montaña!

Y tomas consciencia de que gracias a la “tediosa senda” castellana, has forjado tu voluntad y has aprendido a no responder con enfado a “las ausencias de tu Amado”, sino a responder con el cotidiano esfuerzo de seguir adelante. Y al final, te das cuenta de que NO HAS sido tú el artífice del milagro, sino Aquel que te fascinó en un principio y que después te desilusionó porque no atendía a tus plegarias.

Y finalmente, en la Cruz de Ferro comienzas a darte cuenta de que llevabas la mochila llena de un pesado e inútil fardo que te agotaba; así que tirando tu piedra al caramullo de la Cruz, te sientes liberado y ahora sí, puedes comenzar a caminar siendo consciente de lo que supone amar, primero de todo amarte a ti mismo, dejando en la Cruz de Ferro todos los escrúpulos que te inyectó el Sueño del Planeta; segundo, amar a tus compañeros peregrinos, con quienes has compartido toda tu vida y tus dolores de pies y rodillas y, tercero y fundamental, amar realmente al Resucitado, ser consciente de que más allá de tu personal esfuerzo, NO HAS SIDO TÚ el artífice de la proeza de llegar hasta Foncebadón, sino Él, que te ha ido aportando ese plus de voluntad que no tenías y que poco a poco, etapa mesetaria tras etapa mesetaria, en la más rutinaria cotidianeidad, hasta tomar consciencia de toda esa mercancía inútil (esa piedra) que finalmente lanzas con orgullo a los pies de la Cruz de Ferro, para por fin, estar dispuesta (mente y alma) a entrar por las cañadas oscuras de Camino gallego, agarrada a la mano de Aquel en quien confías para aprender ahora sí, a caminar a ciegas.

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Autor: José Alfonso Delgado

Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad

se realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.

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